22 de maio de 2020

Resulta impostergable sanar, de la manera más amplia y plural posible, la escisión histórica entre la Cuba migrante y la Cuba de la isla.

El 26 de enero de 1895 José Martí publicaba el artículo “La Revista Literaria Dominicense”, dedicado a la labor del dominicano Manuel de Jesús Peña, avecindado en Santiago de Cuba en aquel momento. En dicho texto subrayaba:

“Cada cual se ha de poner, en la obra del mundo, a lo que tiene de más cerca, no porque lo suyo sea, por ser suyo, superior a lo ajeno y más fino o virtuoso, sino porque el influjo del hombre se ejerce mejor y más naturalmente en aquello que conoce, y de donde le viene inmediata pena o gusto; y ese repartimiento de la labor humana (…) es el verdadero e inexpugnable concepto de la patria (…) Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca y en la que nos tocó nacer (…)”.

A un siglo y tantos de distancia de la publicación de este artículo, Martí sigue invitando a repensarnos desde nuestras realidades y desafíos. Sus ideas, por una parte, poseen una impresionante afinidad con las visiones más globales y cosmopolitas de la comunidad humana; y, a la par, tienen la capacidad de reivindicar una visión del “nosotros” que urge recuperarse en la Cuba de nuestros días.

Ese reconocimiento de nuestra “nostridad”1, de una realidad que emerge de la conciencia de un “nosotros” más allá de las experiencias disímiles y distantes de cada cual, permite la articulación creativa de las dimensiones “patria” y “humanidad”, y su materialización en ámbitos tan diversos como la política, la economía, la vida cotidiana y también, por supuesto, en la migración- la imaginada y la vivida.

El proceso migratorio cubano, sobre todo el que acontece con posterioridad a 1959, se encuentra lleno de tensiones y aprensiones: surcado por prejuicios, desconocimientos, verdades a medias, largos silencios, tergiversaciones de todo tipo, y un largo etcétera de etiquetas y adjetivaciones, tanto a nivel cotidiano, como en lo político e institucional. En ese contexto, el discurso martiano estimula a una discusión profunda con relación a un tema que, más temprano que tarde, debe materializarse en un debate abierto, plural, y en un cambio jurídico-político acorde con nuestras realidades.

La migración ha protagonizado la transformación de Cuba a lo largo de los siglos. Nuestra isla, surcada por oleadas migratorias desde siempre, de gentes que vienen y van, que regresan y vuelven a irse, de personas que llegaron en canoas caribes y mayas; en calaveras españolas, embarcaciones piratas, barcos negreros, galeras de guerra, galeones mercantiles y aviones; todos ellos con sus cargas emocionales, experienciales e identitarias diferentes. Todos ellos modelando un “nosotros” en la frontera intramuros y también llevando su memoria, su experiencia insular, a otras geografías y confines. La historia de Cuba es la historia, también, del movimiento de las personas que arriban, parten o atracan en una suerte de dialéctica del movimiento perpetuo que trasciende fronteras y geografías, y transfigura el sustrato identitario cubano más allá de sus límites insulares.

Desde los primeros habitantes que la historia registra: los indios que poblaron la Isla, los españoles que conquistaron su territorio, hasta un sinnúmero de migrantes voluntarios, forzados y cuasi voluntarios, Cuba fue destino de personas de múltiples orígenes geográficos y culturales: de árabes, judíos, yucatecos, africanos, asiáticos, de los oriundos de las zonas más empobrecidas de la península ibérica, como Galicia y Asturias, o de los nativos de las islas del Caribe, como Haití y Jamaica. En ocasiones, la Isla se convirtió en el destino final de su viaje; otras veces, devino lugar de tránsito o salida para emprender un nuevo camino, temporal o permanente, en busca de riquezas, mejores condiciones de vida, trabajo, reunificación familiar, vuelta a los orígenes, o la huida y el exilio a causa de la persecución gubernamental.

El proceso que se inició el primero de enero de 1959 en Cuba fue un parteaguas en la lógica y comprensión de estos fenómenos. En tanto proyecto de subversión social, la Revolución cubana impulsó cambios profundos y vertiginosos en el orden social nacional que desencadenaron, al menos, tres nudos problemáticos para el gobierno: la emigración masiva de aquellos grupos sociales que, por uno u otro motivo, se veían afectados o no compartían las credenciales del proceso revolucionario y cuyo destino migratorio principal era los Estados Unidos; las acciones de sabotaje o armadas, por lo general con enclave en territorio estadounidense; y el incremento de la crisis con el gobierno de Estados Unidos. En ese contexto, los viajes al exterior y la migración se comprendieron como una amenaza a la supervivencia de la Revolución y, como tal, fueron tratados.

A partir de los primeros años revolucionarios (1961), el Estado cubano puso en marcha un conjunto de instrumentos jurídicos y administrativos que limitaban la libre movilidad de las personas fuera de las fronteras nacionales, prescribían las condiciones de estancia en el exterior y definían los vínculos de los ciudadanos cubanos radicados en otras naciones con su país de origen. Estas regulaciones le conferían una condición peyorativa al acto de migrar y al migrante despojándolo, además, de todo derecho civil, político y social en su país de origen, pues se presuponía que su destino sería Estados Unidos y que dichos individuos eran enemigos del proyecto revolucionario.

A estas regulaciones se sumó el mecanismo de la “válvula de escape”, consistente en la apertura, por parte de la autoridad estatal, de un lugar específico, por lo general un puerto o las fronteras nacionales en general, para propiciar la emigración a tierras estadounidenses por vía marítima y de manera no controlada. Esta práctica se implementó por primera vez en 1965, con la apertura del puerto de Camarioca y, posteriormente, en el puerto de El Mariel (1980) y en todas las fronteras nacionales (1994).

En su conjunto, las políticas y mecanismos migratorios que se inauguran desde los inicios de la Revolución modelaron de manera significativa los montos, intensidad, perfil y tiempos de la migración a lo largo de casi sesenta años. Estos dispositivos comenzaron a flexibilizarse a partir de la década del noventa, lo que vino acompañado de un incremento de los costos monetarios del proceso. Una década después, en 2013, se aprobó la reforma migratoria que eliminó y/o flexibilizó el proceso de salida y estancia de los cubanos fuera del territorio nacional, aunque se sigue manteniendo el alto costo de ciertos trámites migratorios, como el del pasaporte para los emigrados cubanos; persisten restricciones a la salida de personas que trabajan en sectores considerados estratégicos, como los médicos y los deportistas; y, muy especialmente, no se han resuelto los vacíos jurídicos y políticos con relación a la emigración.

La emigración cubana posterior a 1959 se caracteriza por su diversidad de motivos, perfiles y circunstancias. Las primeras personas que abandonaron la isla en los inicios de la Revolución fueron las vinculadas estrechamente con la dictadura de Fulgencio Batista y su objetivo era escapar de la justicia revolucionaria. Posteriormente, con la puesta en marcha de las medidas revolucionarias, el incremento de la intensidad del conflicto con Estados Unidos y la radicalización del proceso revolucionario decidieron abandonar el país sectores sociales de diferentes tendencias, pero muy especialmente de la alta y mediana burguesía, con una importante representación de profesionales y especialistas, aunque también en el proceso participaron los sectores sociales más populares. Las motivaciones para la salida del país eran diversas: desde el miedo a la radicalización de la Revolución, al comunismo, a una inminente invasión de «los americanos» para restablecer el antiguo régimen en la Isla, o por la pérdida de propiedades. Al definirse el carácter socialista de la Revolución, aumentar los reclamos de unidad y polarizarse la esfera política insular, la emigración tomó un carácter de éxodo, principalmente hacia los Estados Unidos. Así, en la primera década de la Revolución abandonaron el país aproximadamente 451,018 cubanos2. Ellos tuvieron un destino inexorable: el de la migración sin retorno.

En años subsiguientes y hasta la actualidad, cerca de 1,136,985 personas han emigrado de Cuba3.  Su perfil ha cambiado sustancialmente con relación a los primeros migrantes hasta llegar, en las últimas décadas, a un impresionante proceso de diversificación que reproduce, fuera de las fronteras nacionales, el perfil sociodemográfico, socioeconómico y regional de la Isla. También ha cambiado el carácter unidireccional y de migración sin retorno que marcó a las primeras oleadas migratorias y, hoy por hoy, los cubanos residen en una multiplicidad de países, aunque Estados Unidos sigue siendo la nación con el mayor volumen de migrantes nacidos u originarios de Cuba.

A inicios del siglo XXI, los migrantes cubanos -y sus descendientes- son más heterogéneos que los que abandonaron Cuba en los inicios de la Revolución. Son distintos por partida doble: en términos sociodemográficos y socioeconómicos, y porque han vivido experiencias migratorias distintas.

Al realizar un estudio diagnóstico sobre la migración cubana en países como España y México, me ha sorprendido la diversidad de percepciones sobre Cuba, el alejamiento de las personas, sobre todo de los más jóvenes, de los conflictos históricos que han polarizado a la sociedad cubana y, a la vez, la firme voluntad de apoyar la intención de ser parte de Cuba desde otros lugares geográficos y políticos.

Muchos de ellos se han educado en sociedades y realidades muy diferentes: vivencian con cercanía y compromiso la batalla mundial por la igualdad de género o las luchas de los pueblos indígenas por sus derechos; participan como ciudadanos o especialistas de salud pública en la batalla contra el nuevo coronavirus (Covid-19); o colaboran en la reconstrucción de sus ciudades tras el azote de sismos de gran magnitud.

A la par, muchos siguen amando a Cuba a su manera: algunos con un tremendo sentimiento de pérdida, enojo y tristeza; otros, a través del amor a la familia y a los amigos; apoyando desde distintos lugares y compromisos a Cuba, la tierra primigenia. Se trata de una cubanidad migrante de diversos colores y realidades que se involucra, con permiso o sin él, en el destino de la Isla. Ante estas realidades, urge impulsar el diálogo entre esa Cuba y el gobierno insular en el siglo XXI, tomando en cuenta la historia de esta relación y sus desafíos actuales.

El primer esfuerzo de recuperación del diálogo del gobierno cubano con la emigración tuvo lugar en 1978. Tenía como antecedente las visitas y acercamientos de grupos de emigrados marcados por las acciones colectivas del movimiento social de los años sesenta y por una reflexión sobre Cuba como símbolo del fenómeno revolucionario del momento. Lo que posteriormente se conoció como “Diálogo del ´78” culminó con una serie de acciones y medidas de compromiso entre el gobierno y la migración, donde sobresalieron las visitas a Cuba de los emigrados, la reunificación familiar y la liberación de un grupo numeroso de presos políticos.

La nación migratoria

Este acercamiento se vio interrumpido por la crisis migratoria de “El Mariel” y el cambio de política del gobierno estadounidense con la llegada de Ronald Reagan a la presidencia. Una década más tarde y en un contexto de crisis económica a causa de la implosión del campo socialista mundial, se recuperan los esfuerzos de acercamiento a través de la “Conferencia La Nación y la Emigración”, con tres ediciones desde 19944, y que ha sido el espacio para restablecer y desarrollar el diálogo entre el gobierno cubano y los migrantes. En ese sentido, se aprobaron un conjunto de medidas a favor de la normalización de las relaciones de los migrantes con su país de origen: la flexibilización de las visitas a Cuba, el respeto a los procesos de reunificación familiar, el mejoramiento de la comunicación de los consulados y embajadas, y la creación de una dirección para atender cuestiones relacionadas con la migración en el Ministerio de Relaciones Exteriores que, como signo de los nuevos tiempos, despojaba a los migrantes de los calificativos y prejuicios de décadas anteriores para comprenderlos como “cubanos residentes en el exterior”.

Sin embargo, aunque estas acciones han impactado de manera positiva en la relación del gobierno con la migración, resulta impostergable sanar, de la manera más amplia y plural posible, la escisión histórica entre la Cuba migrante y la Cuba de la isla. Ello implicaría una suma de acciones, de distinto alcance y complejidad, que “suturen” a la migración cubana con su tierra de origen. Para ello, debería establecerse un diálogo fraterno y sistemático donde se reconozcan a los migrantes cubanos como sujetos de derecho en su país de origen y como parte esencial y necesaria del “nosotros”, no como extraños, desertores o enemigos, apelativos que, lamentablemente, persisten en el discurso de muchos.

Se trata de reinventar nuestra “nostridad” a partir del reconocimiento y la identificación: construir un nosotros diverso y plural acorde con la realidad planetaria del siglo XXI, alejado de los nuevos cerrojos y muros que amenazan al mundo, cercano a la visión cosmopolita martiana que inicia, hoy más que nunca, en el ara de una patria con todos y para el bien de todos.

Fonte: oncubanews.com