Dotado de virtudes y ardor apostólico, pasó por una difícil crisis religiosa entre 1562 y 1563, después de la muerte prematura de su hermano Federico. A pesar de ser riquísimo y único heredero de los bienes paternos, el joven cardenal buscó, con incansable rigor, la perfección y la santidad. Comenzó a ayunar con pan y agua un día por semana y pasar largas horas en oración.
A los 27 años, fue nombrado arzobispo de Milán donde se consagró como pastor incansable, recorriendo difíciles caminos. Comenzó su residencia en la diócesis con varios actos de desinterés y generosidad, renunciando a cargos y sus abultadas rentas. Francisco Cusani, historiador laico, en 1861, escribía: “ Carlos comenzó con un luminoso ejemplo de desinterés, renunciando a una renta anual de un millón trescientos mil liras, proveniente de feudos, beneficios y pensiones que les fueron donados por el Papa. Utilizó ese dinero para beneficio público, en parte empleándolo para erigir útiles y grandiosos edificios”.
Practicaba frecuentes peregrinaciones, sobre todo a los santuarios de la Virgen. En sus viajes y actividades apostólicas dejaba en toda parte vestigios de santidad y anuncio de la Buena Nueva. Se distinguió en la catequesis con la fundación de 740 escuelas de catequesis frecuentadas por más de 40 mil catequizados bajo la orientación de 2000 catequistas laicos preparados por él.
Interfirió en la vida social de su época con habilidad y sabiduría, introduciendo reformas en las costumbres y combatiendo las injusticias de los poderosos contra los humildes. San Carlos participó en el Concilio de Trento y sus ideas fueron bien recibidas, tornándose parte del patrimonio de nuestra Iglesia.
Su figura está históricamente relacionada también con las numerosas obras asistenciales organizadas en Milán durante la durísima carestía de 1570 y, sobre todo, en el período de la terrible peste (1576-1577), aún hoy conocida como la “ peste de San Carlos”. Fue canonizado el 1 de noviembre de 1610.
San Carlos, ejemplo de paciencia, constancia, caridad y ardor apostólico, fue elegido por Juan Bautista Scalabrini como patrono y protector de las congregaciones misioneras de las Hermanas y Padres, por él fundadas.
|